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Psicología de un trader: Genuina ingenuidad

El destino existe. El futuro, amigo del tiempo, llega inexorable. Pero está en nuestra mano forzarlo a que venga con una buena sonrisa y una sorpresa bajo el brazo. Una de las razones por las que hay que profundizar en la psicología y mejorar nuestra mente como inversor.

Son muchos los días en los que mi mente decide qué camino seguir, y no siempre acierta. En la bolsa, los sentimientos, el ego y la psicología es tan importante como el propio capital, y sin embargo, a veces pensar con la cabeza me lleva por senderos erróneos.

¿Es importante pues, la cabeza para nuestro futuro económico?

Sí, lo es, pero también lo es desconectar.

Me gustaría ser un inconsciente, y dejarme llevar por ríos de ingenuidad.

Una persona tiene presión, objetivos, metas y deseos que cumplir. Y ojo, no estoy diciendo que para invertir en bolsa haya que ser un insensato. Exclamo, mirando a los ojos a mi propio futuro, que pensar con la cabeza para cortar las pérdidas está bien, pero que no toque ni por asomo mis beneficios.

Una persona debe de tener ese halo infantil que le de el empujón definitivo para atreverse a dejar una operación en verde mucho, mucho tiempo. La cabeza nos dirá que según nuestro sistema utilizado, la inversión “x” mencionada, está dentro de unos parámetros que, por supuesto, son válidos para cerrar y recoger beneficios. Pero yo le digo: ¿Y si por una vez, ponemos el stop loss en positivo y dejamos que la operación corra por esos prados verdes y brillantes a la luz de la gráfica como un ser autodidacta que anhela ser más y más grande? ¿Por qué cortar los sueños a mi activo financiero? A veces desearía no saber lo que equivale la cifra que tengo ante mis ojos.

Es así, como aparco mis pensamientos objetivos.

Pero hay más.

¿Se ha fijado en las noticias de alto impacto fundamentales? Si usted siguiera al pie de la letra que “si son buenos los datos el precio subirá” o “si son malos los datos el precio bajará“, seguramente acabe neutro, ni con rentabilidad positiva ni negativa. Simplemente, porque la bolsa es un mundo especulativo y un centro de emociones fuertes. Demasiados parámetros influyen para que los mercados sean objetivos. Así que si la subjetividad impide la racionalidad, también debo aparcar mis sentimientos y emociones.

¿Qué nos queda?

De nuevo, el inexorable paso del tiempo. Y con él, mi futuro, cada vez con una sonrisa más grande y una sorpresa bajo el brazo.

Lo más importante es tener principios. Soy un hombre que invierte como piensa. Corto pérdidas (sentimientos negativos) y dejo que mi cuenta se atiborre a beneficios (sentimientos positivos). No deberíamos dejar jamás que emociones tristes, melancólicas y desesperantes contagien nuestra operativa. Soy impasible ante la pérdida. Soy imbatible con el beneficio.

¿Y ya está?

Como diría un niño, ya está.

He mencionado antes que la psicología es fundamental. Puede, por ejemplo, que nuestro ego dañe seriamente una cartera. Pero también sabemos que debemos de coger la ingenuidad soñadora del pequeño que llevamos dentro para pensar mucho más allá de números.

No quiero saber qué objetivos tengo, solo quiero jugar con mi compañero temporal de bolsa.

He leído mucho relacionado con el ego frente a las pérdidas. Pero no en un escenario contrario.

Mi escenario operativo está calculado al milímetro. Cierro y abro operaciones cuando mi estrategia me lo indica.

Pero recuerde, invierte como piensa.

Soy un niño. Sólo positivo. Sueño y vuelo en positivo. Cojo lo bueno de la objetividad, me agarro a lo bueno de la subjetividad.

Por eso, de vez en cuando, cuando todo va bien (nunca cuando va mal), hay una inversión que sale de mis esquemas. No entiende de riesgos, porque un stop loss actúa como los brazos de una madre al lanzar a su bebé al aire.

No entiende que significa para mí, mucho dinero. Que ha cumplido de sobra los objetivos y las metas para el marco temporal que planteo. Que ya está bien de jugar y es hora de irse a casa.

Es en ese momento cuando comprendo el toque mágico que puede diferenciar una estrategia de inversión. Ser afortunadamente ingenuo cuando hay que serlo. No entender el “riesgo” positivo de haber hecho las cosas bien y mirar más allá.

El hombre que soy frente a las pérdidas, deja paso al niño que juega en el verde.

Permitamos que aflore.

Permitamos que sueñe.

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